Hay pensamientos muy profundos, arraigados desde la infancia: esquemas o estereotipos clasificatorios que en un segundo distorsionan conocimientos, refuerzan equivocaciones y te hacen desconfiar de todo lo que disienta de ese saber que es parte de tu cultura y tu esencia.
Es inevitable pasar cualquier estímulo interior o exterior por los finísimos filtros que representan esas vibraciones de nuestra mente, pero siempre hay oportunidad para dialogar, aunque sea con la conciencia, antes de precipitarnos en gestos, frases o acciones de las que podemos arrepentirnos.
El trazado de la vida no es una línea recta: tal como se construye una carretera, salvando de una u otra manera los obstáculos que no aparecían en el plano, así podemos modificar nuestros paradigmas con disciplina, creatividad, honestidad y esfuerzo, al punto de influir en las emociones que se generan cotidianamente y por ende en la respuesta conductual que las acompañan.
Como suele decir Larrazabal a sus pacientes, la vida es como una sardina: tiene carne, tiene espinas, y hay que comérselo todo para disfrutar el bocado.
El destacado psicólogo Carl Rogers estableció desde el pasado siglo que toda persona posee capacidades para encontrar su camino y mejorarlo, siempre que cultivemos las tres actitudes que crean el marco propicio para comprendernos, adquirir confianza y desarrollar la autoestima que lleva al bienestar.
La primera es la autenticidad, que también llama congruencia o coherencia. Según Rogers cada persona debe aprender a ser lo que es, sin usar máscaras ni ocultarse tras personajes idealizados. Mucha gente no es ni la mitad de lo que dice o cree de sí misma. Esa tendencia a aparentar o «especular» puede llegar a ser patológica, porque la persona cree de verdad que sus ideas son mágicas y lo que salga de su boca se hará real sin esfuerzo ni dedicación, solo porque así lo necesita para no desentonar. En cambio, la persona congruente suele ser sana y feliz, mostrándose tal cual es sin importarle la compañía, momento o lugar.
La aceptación incondicional es la segunda actitud básica para controlar los pensamientos en el camino de ser feliz, siempre que te la apliques a ti y a los demás por igual: Acepta las cualidades, experiencias y sentimientos de cada etapa y trata de hacer limonada con lo que te da la vida. Como es tan difícil, el experto nos da una fórmula de partida: Logra ser tú, para que empieces a comprender a los demás sin juzgarles.
La tercera actitud a cultivar es esa capacidad de colarte en los zapatos del otro o ver las cosas desde su ángulo, pero sintiendo siempre desde la pureza de tu corazón. Tal empatía te ayuda a criticar menos y a entender el proceso vital en juego detrás de cada error o éxito ajeno. Incluso llegas a entender que quien siente alegría o dolor por cosas que a ti no te conmueven solo es diferente, no mejor o peor en ninguna escala humana.
Si todas las personas desarrollaran esos tres puntos con ahínco y humildad, la vida en este planeta tendría menos sobresaltos. Suena a utopía, pero es fácil cuando lo aplican primero desde tu realidad inmediata para extenderlo paulatinamente hacia tu pareja, familia, comunidad, nación.
Así que piensa bonito, reacciona despacio, perdona los errores que no te gustaría cometer y dale al resto de la gente el beneficio de la duda, como hacías en la infancia con la más tierna naturalidad.
Somos realmente lo que somos capaces de mostrar al mundo y a las personas que nos rodean y nos quieren, eso somos realmente.
Somos realmente quien seamos capaces de ser, por las experiencias adquiridas y si sabemos aprender de ellas
Somos una mezcla muy amplia de características que a veces llegan a ser solo únicas. Debemos aprender de los errores, saber pedir perdón y perdonar, pero al final siempre seremos lo que hemos visto, sentido y queremos ser.