En las sombras donde el silencio grita,
habita Alani, con su alma marchita.
Un hombre que tiembla al rozar su reflejo,
prisionero en un laberinto de complejo.
Se alza su puño contra un mundo sombrío,
mas no por odio, sino por el frío,
de un deseo enterrado bajo capas de miedo,
que lo encadena, lo aplasta, lo enredo.
Oti, radiante, camina sin cadenas,
arcoíris de vida entre noches serenas.
Un faro brillante en el oscuro mar,
para Alani, un espejo imposible de alcanzar.
Lo observa de lejos, su rabia un cuchillo,
corta su espíritu en un cruel sigilo.
No odia a Oti, aunque parece gritar,
es su reflejo lo que no puede enfrentar.
“¿Por qué tú, Oti, vuelas tan alto?”
se pregunta Alani, en su pecho un asalto.
El eco responde con voz dolorosa:
“Porque él abraza lo que en ti es espinosa.”
Pero el clóset no es solo un rincón oscuro,
es un pozo profundo, un muro seguro.
Alani golpea las paredes con furia,
pero teme la luz de su propia penuria.
Un día quizás, cuando la rabia cese,
y en su corazón el amor empiece,
Alani verá que no hay cadenas reales,
solo los miedos que lo hacen mortales.
Y quizá, frente al espejo de Oti,
encuentre al fin el valor que lo azote,
rompa la jaula que él mismo creó,
y viva la vida que siempre soñó.