El ruido de la carreta
Se cuenta que un joven caminaba con su padre cuando se detuvieron en una curva. Después de un pequeño silencio, el padre preguntó al hijo:
—Además del canto de los pájaros, ¿escuchas algo más?
Durante algunos segundos el muchacho se concentró en los ruidos del ambiente y luego respondió:
—Estoy escuchando el ruido de una carreta.
—Correcto —dijo el padre—. Es una carreta vacía.
—¿Cómo sabes que está vacía, si no la estás viendo? —preguntó el joven.
—Es muy fácil saberlo. Cuando una carreta está vacía hace mucho ruido. Y cuanto más vacía está, tanto mayor es el ruido que hace.
Cuenta el jovencito de la historia que nunca olvidó la lección de su padre. Cada vez que veía que alguien hablaba demasiado o hacía alarde de sus conocimientos, le parecía escuchar otra vez la voz de su padre que le decía: «Cuanto más vacía la carreta, tanto mayor es el ruido que hace».
Quizás no hay mejor ejemplo de «la carreta vacía» que el de los líderes religiosos del tiempo de Cristo. A ellos sí les gustaba hacer ruido. Cuando ayudaban a un necesitado, lo publicaban a los cuatro vientos. Les gustaban las oraciones largas y en público, para que la gente los viera. Y cuando ayunaban ponían caras largas y desfiguradas, para que la gente admirara la piedad de ellos (ver Mat. 6: 2, 5, 16). ¿A quiénes impresionaban con sus alardes? A nadie. La gente los conocía bien. Y el Señor Jesús los llamó «hipócritas» (vers. 2, 5, 17).
Tú tampoco te dejes impresionar por esas «carretas vacías». Las vas a encontrar en todas partes. Quieren exhibir su «sabiduría», pero lo único que logran es hacer gala de su estupidez. Y por supuesto, no incurras tú mismo en ese error.
Tarde o temprano, la gente se dará cuenta de tu verdadero valor. Por lo tanto, no te afanes en exhibirlo. Que tu mayor anhelo sea ser semejante en carácter al Señor Jesús. Y tu mayor gloria, vivir para alabarlo.
El secreto de un agricultor exitoso
Cada año se celebraba el concurso para elegir el mejor producto agrícola del pueblo. Marcus llevaba cinco años consecutivos siendo el ganador del certamen. Su producto era el maíz, cuya calidad era la más sobresaliente.
Cuando un reportero le preguntó si podía contar el secreto de su maíz, él dijo: “Claro. Se debe a que comparto la semilla con mis vecinos”.
Asombrado, el reportero preguntó: “¿Por qué comparte su mejor semilla con los demás, si ellos entran en el mismo concurso también?”
Lo que sucede, dijo el agricultor, es que el viento lleva el polen del maíz maduro de un sembradío a otro. Si mis vecinos cultivan un maíz de baja calidad, la polinización degradaría la calidad del mío. Para obtener un buen maíz, debo ayudar a mis vecinos para que también lo hagan.
Este mismo secreto funciona para otros aspectos de la vida. Si quieres una vida llena de paz y plenitud, debes ayudar a otros para que también la obtengan.
Cuando ayudamos a los demás estamos creando una cadena de amor y bendición para todos.
Jesús vino a dar vida en abundancia y nosotros debemos ser instrumentos para que los demás también reciban esa bendición.
El vaso con agua
Un psicólogo en una sesión grupal levantó un vaso de agua, todo el mundo esperaba la típica pregunta: ¿Está medio lleno o medio vacío? Sin embargo, preguntó:
– ¿Cuánto pesa este vaso?
Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.
El psicólogo respondió: “El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo lo sostengo.
Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo, si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará.
El peso del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado, más difícil de soportar se vuelve.”
Y continuó: “Las preocupaciones son como el vaso de agua.
Si piensas en ellas un rato, no pasa nada.
Si piensas un poco más empiezan a doler y si piensas en ellas todo el día, acabas sintiéndote paralizado, incapaz de hacer nada.”
¡Acuérdate de soltar el vaso!