LA LUJURIA TAMBIÉN ACECHA EN EL PARAÍSO
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Leer la publicación completaDel libro “La colina y la piedra”, premio David 2019, en proceso de publicación.
Ad libitum
Para Yusmila,
el cuento y la dedicatoria prometidos.
El hombre es el único que no solo es tal como él se concibe,
sino tal como él se quiere.
Jean-Paul Sartre
Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana de cristal: dioses que observan desde la altura. Disfruto de la nueva vista que ofrece la ciudad. Desde acá, el atardecer parece distinto al de allá abajo, simples mortales. Hoy soy una hespéride, bromeo, una hija de Nyx. El deseo y la arbitrariedad se sientan a nuestro lado. William, todo de negro, me mira también divertido y toma la carta. Comenta algo sobre lo amplio del menú y pasa su melena por detrás de las orejas. El deseo hace un guiño y la arbitrariedad le responde con un coscorrón.
Meses. Decenas de meses compartiendo por chat, e-mail y solo hoy hemos tenido la suerte de descubrir las arrugas alrededor de nuestras bocas, el pequeño lunar oculto debajo del labio inferior, la mueca tan particular al sonreír… William es atractivo para su edad y posee muchas cualidades. Siempre he sentido inclinación por los hombres liberales e inteligentes. Más si pertenecen al mundo del arte: escritor, músico, pintor... Y él, como es de sospechar, cumple con la mayoría de estos requisitos. Es de esos con los que cualquier aventura puede resultar extra-interesante. Su forma desprejuiciada de vestir y comprender la existencia… No sé qué pensará el resto de las hespérides; en mí no puedo negar que despierta gran atracción. Pero solo eso… y él lo sabe. Ya mi mundo tiene techos y paredes donde respiro aclimatada y feliz. Ningún hombre logrará ser el centro de mi universo. Pertenezco al grupo selecto de las que les interesa más disfrutar del momento, conscientes de la brevedad de la vida. Aunque, disto mucho de otras a las que les dicen dos veces que son hermosas y ya abren las piernas. Su principal objetivo es llevarme a la cama. Lo tengo claro. Si nos hemos escrito hasta ahora con tanta asiduidad, es porque soy del tipo que le cautiva. Esta cena es la mejor muestra de ello. No lo había intentado antes porque estaba fuera de su radio de acción. Representa muy bien uno de esos personajes suyos que son seducidos fácilmente por lo difícil. Nalguitas jóvenes y mentes chispeantes, reza el protagonista de uno de sus cuentos. Soy una presa a la altura de un hábil cazador, un reto, alguien que lo obliga a crear nuevas estrategias, solo que yo también tengo las mías. En definitiva, soy quien decide. En el juego de la vida, el rol de cazador y presa suele cambiar en dependencia de las circunstancias.
El mesero se acerca para tomar el pedido. Con su camisa blanca, chaleco y pantalón en negro, saluda educado. Dicromático, pingüino tropical, pasa por mi cabeza y contengo una sonrisa. William intercambia con él unas palabras, luego ordena por los dos.
Me pregunto si fue en verdad amor lo que sentí por el padre de mi hija. Nuestro matrimonio no pudo sostenerse más de un año. Todo lo mandé al infierno cuando vi en riesgo mi libertad. Tal vez sea esa la razón de por qué Isabel I de Inglaterra tampoco aceptó hombre alguno a su lado. Le fascinaban las peticiones de matrimonio pero siempre se las ingeniaba para negarse. Rechazó varias en distintos idiomas. Continuamente asediada por pretendientes nobles y monarcas, sólo les mostraba algún afecto cuando descubría en ellos cierto beneficio político. Fue la mujer más inteligente de su tiempo y, para mí, una de las más connotadas de la Historia. Deseaba amarse a sí misma y era vista como una extraña. Lo mismo me sucede en ocasiones.
Muy bien por William. Una comida en un restaurante como este, con la ciudad a nuestros pies, me parece una excelente iniciativa. Fue una sorpresa la invitación, hoy en la tarde, después de que presentara su última novela. Decenas de personas interesadas en una dedicatoria. Los libros, convertidos en una tentación, pasaban junto a mí, abiertos, desbocados. Si no le arrebaté uno a alguien, fue solo porque poseo un ejemplar desde hace algunos meses, autografiado, que me hizo llegar a casa junto a un disco de los Stones. Es además, un fiel seguidor del rock.
Recuerdo el día en que mi madre me mostró el sobre amarillo al regresar del trabajo:
—Lo dejó el cartero en la mañana…
El cartero, que no conocía mi dirección, que nunca había escuchado mi nombre. Un personaje casi anacrónico en estos tiempos. Ni siquiera lo recordaba. El cartero… No el de Neruda. De seguro este también tuvo que llamar dos veces, o más, porque mi madre se embelesa en la cocina y demora bastante en llegar hasta la sala.
—Desde que no llamaba uno. Un poco más y tumba la puerta —agregó animada y su rostro se transformó. Quizás recordó las cartas de mi padre desde Angola, o la angustia de cuando la dejó embarazada de mí y se fue a una guerra de la que, con la gracia de Dios, no demoró mucho en regresar.
William pregunta qué leo en estos momentos. El deseo se inclina, apoya los codos en la mesa y descansa la barbilla sobre sus anudadas manos. La arbitrariedad permanece quieta a mi lado.
—Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos... el libro de Rodolfo Martínez que me sugeriste.
Y vuelve a reír, esta vez de forma menos comedida. Sé que a veces le alimenta el ego el hecho de que preste oídos a todas sus recomendaciones, tanto como a su obra. Así lo dicta su naturaleza de hombre, marcando la diferencia: Yo por encima; Yo el Supremo; Yo, Claudio, el Dios. En ciertas ocasiones logra contener esa supuesta superioridad con pequeñas dosis de sencillez, pero en otras se le desboca sin control. Suerte que sé de su erudición para nada envilecida. Es normal que disfrute agradarme, algo que en realidad consiguió hace tiempo, cuando alcancé a descubrirlo como uno de los locos más cuerdos que he llegado a conocer, lejos de toda esa parafernalia roquera que lo acompaña… Aunque tampoco me complace cejar en una batalla que apenas comienza…
Expone algunos criterios interesantes sobre la novela de Rodolfo Martínez. De mis preferidas, concluye. Me complace escucharlo.
—Como a ti, a mí me atrae muchísimo —añado a su último comentario—, pero aún no la termino…
Y a pesar de coincidir con una gran parte de sus consideraciones, solo insisto en destacar mi desaprobación para con otras pocas. Ahí va mi libertad, mi derecho al criterio. Como Isabel en sus años de total dominio inglés. Hatshepsut, la reina-faraona egipcia que demostró que este mundo es más que solo de los hombres. Lo percibe y por unos segundos acaricia la copa con agua. Juega a hacer figuras con la humedad del cristal. Como a él, me divierte mucho esta pugna constante, esta imposición sin fin.
Vuelvo a asomarme por la ventana. Ya anocheció. En el fondo, la ciudad, una más del interior de la isla, se ha convertido en dispersos puntos blancos y amarillos.
Una joven mesera nos trae la comida. Castaña, cuerpo no muy voluminoso, bien definido. No escapa a los ojos de William. Cree que no lo percibo. Bien pone en práctica lo que tanto alega en sus textos: Nunca parecerá lo suficientemente hermosa una mujer como para no mirar a las otras… Sí que es un devoto del sexo femenino. Según me ha confesado, no solo le interesa servirse de nuestros cuerpos, no; también desea comprendernos, escudriñar en nuestra psicología, nuestra manera de ver el mundo, hacernos felices y serlo también él. De ahí los fiascos cuando, después de un excelente orgasmo, no ha logrado entablar una buena conversación. Me pregunto de qué le habrían servido tales empeños en el siglo xvi, junto a la reina Isabel.
Lo observo con detenimiento: anillos de calaveras, muñequeras cubiertas de remaches, tatuajes, cutis rasurado, pelo castaño y lacio, por debajo de los hombros, ceñido con una cinta negra alrededor de la cabeza... Es obsesión lo que tiene con su cuerpo. Algo narcisista. Acostumbra a visitar los gimnasios varias veces por semana con la intención de mantener o aumentar su masa muscular: las dieciséis pulgadas de brazos de la que gusta presumir. Le atraen el levantamiento de pesas, las artes marciales… Nada profesional… En eso se parece a mí. Siempre me han interesado los ejercicios físicos, los gimnasios, las pesas; correr en las mañanas por el barrio cuando aún todos duermen. Y de vez en vez, tomar spirulina. Como me recomendó hace meses. Mi constitución es delgada, sin grasa. La grasa es dañina, no importa dónde se acumule; en los glúteos o las piernas. Muchas tienen la idea equivocada de que mientras mayores nalgas y más gruesas pantorrillas, no importa el contenido, mejor: celulitis y flacidez.
La joven pingüina trae los platos con el arroz y la carne. El mesero, la ensalada y el resto del pedido.
William hace un gesto de agradecimiento y toma los cubiertos. Es un hombre dulce en verdad. Tras ese egocéntrico con ínfulas de Thor el asgardiano (¿tendrá esto alguna relación además con su exagerado interés por los cómics?) que muchos suponen mira el mundo de forma extravagante, a través de los tonos desaforados de una guitarra eléctrica, se esconde un ser que gusta de la música de Wagner, Beethoven, Mozart o Bach; el mismo del que Cioran aseguró: si alguien le debe todo, sin duda es Dios. Sin su música la Creación sería ficticia, la nada perentoria.
Por estos y otros encantos despierta mi atención este Eric Adams a lo cubano, como gusta de calificarse a veces. Aunque, por lo mismo, lo condeno. Por conseguir, casi en su totalidad, ser el resultado de su propio ego. Mi otro yo con testículos y pene que termina imponiéndose cuándo y cómo quiere.
La arbitrariedad se acomoda divertida, mientras el deseo crispa los labios.
Levanto la vista y recuerdo a mis padres sentados a la mesa, diciendo que esperan que encuentre un hombre bueno algún día. Y sus rostros se escandalizan cuando digo que no quiero marido. ¿Para qué un marido? Para que te ayude y acompañe. ¿Para qué quiero uno que me ayude o acompañe cuando pueden hacerlo todos, incluyendo los maridos de las otras?, les replico.
William concluye y limpia sus labios con la servilleta. Me observa unos minutos. Toma un poco de agua. Dice algo sobre lo radiante que ve la ciudad a estas horas con sus nuevos ojos: ojos bien alimentados, y ambos reímos.
Al rato se acerca la camarera con los flanes. Él, a una velocidad increíble, nos encuesta a todos: dulces, chicas… Estoy segura, preferiría que fuera otro el postre: ella o yo. Creo atinar. Con preferencia: yo.
En pocos minutos salimos hasta el ascensor. Con disimulo nos miramos en los espejos del pasillo. Lo mismo el deseo y la arbitrariedad, vaya par de presuntuosos.
De vuelta a la Tierra. Tan mortales como el resto. Nos sentamos en un banco del parque, bien cerca de la estatua del héroe que, sobre su caballo, machete en mano, parte a la carga. Como todos en este jodido planeta, tras cada bocanada de aire. William expone algo sobre la presentación de su novela, no sé qué; varios adolescentes en patines desvían en ese instante mi atención. Sí que tengo seguidores en esta ciudad, ironiza por fin. Jocosa, lo acuso de engreído. Él me tira el brazo derecho encima y confiesa que hace días escribe un cuento sobre mí y mi exacerbado feminismo. Bien atractivo, te puedo asegurar, remata imperioso y nos viene, inevitable, la carcajada. Excelente recurso para impresionarme. Pasa un rato explicando todo lo relacionado con el cuento. ¿Ves?, lo tengo to’ pensao, tararea luego, onda tocayo Vivanco, al terminar su exposición. En verdad suena muy bien. Pudiera resultar un excelente relato. Uno que le regale un importante premio y recorra el mundo, como muchos otros suyos publicados en disímiles revistas e idiomas. En tal caso, sí que tendrá que abonar algo por la inspiración. Se lo hago saber, y de nuevo la risa. Quién sabe: yo en los estantes de una librería en Madrid, Barcelona, París.
—Me gusta —digo briosa—. Pero…
Y otra vez el atrevimiento de desafiarlo. Unas pocas opiniones, puntos de vista. Yo y la última palabra.
—Todo ello, como lectora —advierto con cierta autoridad.
—¡Y a quien hay que tener bien en cuenta! Por eso consigues atraerme tanto —arremete él y disimulo en silencio.
El deseo lanza una estocada al aire y la arbitrariedad se mofa en su cara.
Unas finas gotas comienzan a caer. No podían llegar en mejor momento. Corremos hasta el portal más cercano: un bar que acostumbra a estar abierto hasta la madrugada.
—¿Un refresco?
Acepto.
Disfrutamos ver la lluvia. Él no deja de insinuarme sus supuestos desvelos por mi causa. Según explica, después de una noche tan agradable como esta y con tan buena compañía, lejos de dormirse con facilidad, tiene que ponerse a leer...
—Entonces te aportan literariamente muchísimo estas saliditas nocturnas… —lo interrumpo risueña.
Arguye rápido que por eso no puedo negarme a que compartamos las dos próximas noches que le restan en la ciudad:
—Releo La montaña mágica… Me anima sobremanera el acercamiento de Hans Castorp y Clawdia Chauchat —remata sarcástico y se me queda observando.
El desconcierto me asalta. Ambos conocemos de la exagerada extensión de La montaña mágica y del ambiguo comportamiento de la Chauchat durante las aproximaciones de Hans.
Buena indirecta que acabas de lanzarme, viejo cazador. Y dirijo la mirada a la calle y el parque, donde ya apenas cae una llovizna.
Él diserta sobre mis virtudes y todo lo positivo que consiguen despertarle…
Miro inquieta el reloj:
—Hora de volver a casa… —digo—. Es tarde y la nena pasa muchísimo trabajo para dormirse sin mí.
Mueve la cabeza sorprendido. Percibo en sus ojos la ansiedad. Siente que se escapa el primero de los tres días estimados en su plan conquista y no ha conseguido plantear con seriedad su juego, mover adecuadamente las piezas.
El deseo da un golpe con el puño cerrado en su palma izquierda y la arbitrariedad, risueña, le hace un guiño con el ojo derecho.
A los pocos minutos escampa. Me acompaña de regreso y reinicia con sutileza el ataque. Mi defensa es bastante sólida. Ambos lo sabemos. Aunque a veces parezca que dejo algún flanco descubierto.
Como Clawdia Chauchat, juego con lo equívoco para alentarlo.
Y es esa la intención: resistir, minimizar su ego ante el reloj. Apenas supone que pretendo dislocar su estrategia, para, cuando se sienta perdido, y esté casi al tararear la conocida canción de los Stones, “Dead Flowers”, o el estribillo de esa otra de The Smiths: “William, William, it was really nothing”, entonces contraatacar, disponer de él a mi antojo. A bene placito, a piacere, ad libitum.
Al final, seré yo quien lo lleve a la cama.
Cerca de la puerta de mi casa me vuelve a convidar a la peña literaria en que se presentará mañana.
—Lo siento, los sábados son realmente complicados para mí —contesto, disfrazando de rubor lo que bien desearía revelar con una sonrisa, y percibo cómo su rostro se contrae. Durante unos segundos permanecemos en silencio—. ¿Seguro no te pierdes de regreso? —agrego y vuelvo a reprimir la carcajada. En su mejilla izquierda, mi beso de despedida—: No es para nada difícil… solo unas cuadras, recto, y estarás en el centro de la ciudad… ¡Vamos… para quien ha caminado París! —concluyo sarcástica.
Avanzo por el pasillo que atraviesa el jardín hasta el portal mientras susurro un Descuida, mañana nos vemos. Él me observa desconcertado desde la calle. Por instantes me volteo con la mano derecha abierta a la altura del pecho, como en las películas romanticonas. El deseo permanece a su lado, como él, algo serio, y la arbitrariedad se viene conmigo, ambas divertidas, desternilladas hasta nunca acabar.
Unos segundos para abrir y vuelvo a mirarlo. Continúa ahí, frente a la casa, petrificado, sembrado en el asfalto. Entonces me acerco con urgencia y le pregunto si se animaría a pasar. Debí haberlo hecho antes. Fue una torpeza de mi parte, agrego, y me disculpo. A pesar de la hora, un café nos ayudará a platicar un poco más y mejor, y le regalo la más capciosa de mis sonrisas. Él entra silencioso. Ya todos parecen dormidos. Me resulta de gran regocijo verlo en tales condiciones: sonrojado, timorato… Aún no le comento. Ni siquiera imagina que no hay nadie más en casa. La nena se ha ido junto a mis padres adonde unos tíos, de visita a la capital.
Nota: Del Libro "La colina y la piedra", Premio David de Cuento 2019, en proceso de publicación.
Adjunto
LA LUJURIA TAMBIÉN ACECHA EN EL PARAÍSO
Hace poco más de un año y aún me parece estar ahí, cerca de la barra del Paraíso, en la mesa de la esquina, junto a la Yusi, escogiendo a nuestras presas. Lejos de éste otro que no deja de roncar. Si no fuera por los pocos libros, revistas o documentales que consigo ver aquí en ocasiones.
La música y las luces de la disco todavía me aturden, como aquella vez en que el Fuste me alcanzó el poco de ron:
—Socio, te veo disperso… —dijo, mostrando sus colmillos de oro.
Nada más parecido a una morsa, pensé al ver su dentadura y me sonreí.
—¡Sí, claro!... ¡Yusimí,… que no llega! —agregó enseguida en tono de burla él y se acercó más a las prodigiosas nalgas de La Diva.
Verdad que está buena la muy condenada, me dije entonces, y miré al Fuste unos segundos. Empezó desde temprano y está casi borracho.
¡Anormal!, mucha pesa, gimnasio, músculos, ¿y?..., de seguro la carabina reducida hasta la mínima expresión. Puro análisis matemático… Como el oso polar del este de Groenlandia; al que también se le encoge por tanta contaminación. Por eso su mujer…
La flaca con que bailaba pegó sus huesudas nalgas a mi portañuela al compás de la música.
Adjunto
Eran cerca de las doce y Yusimí sin aparecer. Comenzaba a preocuparme. El resto salía conforme lo habíamos dispuesto: un poco más y el amurallado hombre de las pesas caería como un bobo.
La Diva giró la cabeza para mirarme y arqueó las cejas. Encogí los hombros en señal de desconocimiento y eché una ojeada a la mesa de la esquina. ¡Ay, Yusimí, Yusi-mí... Mi Yusi! ¿Por qué demoras tanto, hija? Y a mi la memoria la noche en que escogió a La Diva, cuando pasó cerca de nosotros, con su cadencia de siempre:
—Ay, Nene, que ganas tengo de pegarme —me confesó entre risas Yusi y mordió la primera falange de su índice derecho—. Lo de nosotros solos ya me aburre. ¡Es hora de actualizarnos, mi bien!
Levanté la vista y estudié por unos segundos a la joven.
—¿¡La mujer del Fuste!? —le pregunté al oído—. ¡Nos vamos a meter en un buen lío, para que sepas!...
Pero a ella parecía no importarle. Aseguraba que aquello iba a ser nuestro. No sé qué diablos le encuentra al asimétrico ese, dijo en tono despectivo y empinó los labios para, tras una mueca, señalar al Fuste, que lucía sus mejores galas: bíceps, tríceps, pecho embutido dentro del pulóver, y el pantalón apretado hasta abajo, mostrando perfectamente la escasez de sus piernas.
El apodo con que todos lo identificaban en el pueblo le vino al fortachón un día por ser más muslos, tronco y brazos que otra cosa, y se lo acuñó un amigo arquitecto, durante una partida de dominó en el Paseo, donde se formaban las mejores ligas cuando arreciaba el aburrimiento:
—El fuste es la parte de la columna que se encuentra entre la basa y el capitel —explicó el inteligentón, en una de sus acostumbradas conferencias, para dejarnos clara la supuesta analogía—: Éste, es un remedo anatómico de una columna de concreto… —agregó además, jocoso, señalando al forzudo—. Un atlante o telamón, en el que el fuste se ubica desde los muslos hasta el cuello. Pies y gemelos son la basa. Y la cabeza, por supuesto, que funge como capitel —y rió sin consideraciones.
De ahí que cada vez que se lo encontraba en la calle le decía abiertamente: Dime, Fuste. ¿Cómo anda la cosa, Fuste?…, hasta que se le quedó el nombrecito.
Solo que la basa de esta columna está en pésimas condiciones. Con esas canillas, me dije, mientras lo veía bailar frente a nuestra mesa y me carcajeé de las ocurrencias del amigo arquitecto… Y del capitel, ni qué decir: con la cabeza esa que parece traída de otro cuerpo y ni para criar pelo: lisa y reluciente… Eso sí, los piñazos deben ser de a libra esterlina, por eso tanto respeto en el pueblo… Si se entera de que Mi Yusi quiere colgarle en lo más alto del área capitelar un par de cuernos, no la vamos a pasar muy bien. Y me ericé.
La inquieta luz del patio entra por escasos segundos en la celda. El bellaco de abajo incrementa los ronquidos. Lo arrullo como a un niño chiquito, así hacíamos en la beca, pero nada. Saco la cabeza y lo hago con mayor fuerza. Lo veo voltearse y me vuelvo a acomodar.
Lo sucedido a partir de esa primera noche entre Yusimí, La Diva y yo no es difícil de suponer. Tras su indiscutible elección, la maestra de las maestras en el arte del flirteo, Mi Yusi, se lanzó decidida sobre aquella chica. Como el macho de la mariposa a su hembra, que se le planta moviendo las antenas y las alas para llamar la atención, allí mismo, en la pista, se le arrimaba a La Diva para conversar, ofrecerle un trago y observarla con disimulo, en lo que el Fuste conversaba con otros sobre lo último en celulares, los nuevos precios en el mercado y todas esas sandeces.
Adjunto
De manera discreta hizo en los días siguientes una minuciosa investigación acerca de ella: una pobretona de un batey a la que el Fuste desempercudió, hacía cerca de un año. Narcisista al extremo. Gustaba de exponer su cuerpo y regodearse, cosa de la que su hombre también alardeaba siempre. Así, Yusimí descubrió que su mayor debilidad eran las lycras y la ropa interior refinadas, y se propuso invertir parte del dinero que le había enviado la madre desde España para ofertar este tipo de prenda en su boutique.
La estrategia no la hizo quedar mal. La Diva no demoró mucho en caer por allí. Como mosca escorpión en pleno plan conquista, que acostumbra a ofrecer un insecto muerto con tal de gozar de favores sexuales luego, con soberana astucia, Mi Yusi comenzó a endulzarla con rebajas y facilidades de pago que le permitieron ganar su amistad. Desde ese momento, cada fin de semana nos juntábamos con ella y el Fuste en el Paraíso, compartíamos unos tragos y conversaciones insulsas.
Una tarde, según la Yusi, llegó el momento tan esperado, cuando La Diva fue hasta su casa para ver unos nuevos calenticos. Mientras mi amiga la ayudaba a probárselos frente al espejo, una fuerte incitación la embargó: Niña, si está hecho para ti, para ese cuerpo rico, le dijo y se lanzó a besarla en la boca. Para su sorpresa la otra no mostró rechazo alguno. Lo que empezó como un estímulo, obra de un deseo incontenible hasta el momento reprimido, pronto se convirtió en un beso intenso que las hizo hervir de placer.
—Riquísimo, Nene… Jamás había probado algo tan especial, de primera —me confesó, y puse, jaranero, mi acostumbrada cara de celoso (cabeza ladeada a la derecha, rostro contraído)—. ¡Ah, no! Otra vez no, por favor. Tú sabes qué quise decir —agregó sonriente—. Ese color moreno, el pelo hasta la cintura… ¡Ufff!... tan pizpireta —¿de dónde sacaría esa nueva palabrita? ¿Se la habría dicho yo en alguna ocasión?—…Y lo mejor, ya empecé a hablarle de ti, de nosotros y la posibilidad de una fiesta juntos. ¡Verás cuando la pruebes!
Se le veía eufórica en verdad. Así habrá sido el pastel, pensé y sentí un latigazo en la entrepierna.
Recordarlo me despierta deseos. Me acaricio. No puedo evitar una erección. Hace mucho que no estoy con una mujer. Caro que me salió el jueguito con La Diva.
Adjunto
Un par de semanas y Yusimí se vino hasta mi casa con la noticia. Yo leía en una revista un artículo sobre la constancia de las abejas. ¡La convencí!, gritaba, dando saltos en la sala, cerrando los puños y levantando los brazos. ¡Por fin la convencí, Nene! En un principio no alcancé a comprender. ¡¿Hijo,… tú no captas?! Esta noche, después de emborrachar al Fuste, nos vamos hasta mi casa. Y quedó unos segundos en silencio. Yo me desperecé y solté una risotada: ¿¡Con La Diva!? Ella asintió: ¿De qué otro dulce estamos hablando, cariño?, y no dijo nada más. Parecía molesta. ¿Y por qué hoy mismo? ¿Y ese apuro, Mi Yusi?, se me ocurrió preguntar, sonriente. Ella hizo una mueca con los labios: No me vas a decir ahora que no te gusta la idea, porque no lo voy a creer…, y una vez más la carcajada: El lunes el Fuste se la lleva para Varadero, y ya sabes que no soy de mucho esperar, explicó. Y otra vez la dentadura, casi perfecta. A ver…, cuéntame. ¿Cómo es la cosa?, quise saber al fin, animado. Ahora sí. Abre y graba bien, dijo sin dejar de reír: La Diva aceptó mi propuesta con la condición de que antes del amanecer debe estar en su casa. No conviene que la gente la vea tan temprano en la calle, ni que el Fuste se despierte después de la borrachera que le regalaremos en el Paraíso y aún no esté… y ese trabajito… Y presionó con su índice derecho mi abdomen. Moví un tanto la cabeza. Mi Yusi arqueó la ceja izquierda. Tranquila, tranquila. Yo me encargo, agregué. Y la invité a celebrar con unas cervezas en el Bar de la esquina. Solo una, dijo jocosa y guiñó un ojo: ¡El resto…!, y chocamos las manos en el aire.
Aquella noche es difícil de olvidar. La demora de Yusimí despertaba mi ansiedad y la de la mujer del Fuste, que por momentos me miraba intrigada. Cuando por fin mi amiga llegó al Paraíso, todo pareció brillar de manera distinta, incluyendo los ojos de La Diva. Lo sé porque los estudié con detenimiento. Yusi venía con el pelo de un negro mucho más oscuro, suelto y perfumado, un vestido strapless blanco…: una mujer diferente a la que hasta entonces conocía. Traía cara de perversa, cargada de cierto cinismo. Por eso la demora, me dije.
Era cerca de la una cuando la buenota nos hizo la señal. Al Fuste se le veía en punto de mate. Para terminar el trabajo compramos una botella de ron, algunas cervezas y en el vaso en que le servimos, vi a Yusimí diluirle la pastillita que trajo de su casa. Al rato, el forzudo estaba acabado. Se recostó a la mesa y quedó dormido al instante. La Diva decidió llevárselo para la casa, eso dijo ante todos, y Yusimí y yo nos ofrecimos para ayudarla; a fin de cuentas, justificamos, ya era de madrugada y faltaba poco para que cerraran la disco.
Adjunto
Salimos dando tropiezos con él a cuestas y alquilamos el coche de un viejo bigotudo que nunca antes habíamos visto. Fue difícil subirlo al carretón. El Fuste intentaba levantar el capitel y emitía unos sonidos rarísimos... Silbidos tonales, me dije. Como de una orca...
Al llegar, resultó también complicado bajarlo y alcanzar el portal. En ese estado el infeliz era incapaz de sostenerse. No lograba dar ni un paso en firme. De poco sirven basa y buen fuste cuando se ha perdido del todo el capitel, pensé. Allí lo senté en un sillón, en lo que su mujer abría y encendía las luces para arrastrarlo hasta la cama del primer cuarto, donde lo acomodamos a que disfrutara en paz del largo sueño de los osos pardos americanos.
Las chicas volvieron a la sala y yo me quedé observándolo durante un tiempo. Era llamativo verlo en tales condiciones, tan indefenso, hecho saliva sobre la sábana limpia. Cuánto hubieran dado muchos en el pueblo por haberlo tenido así, para rodearlo de cobras... Alacranes, miles, millones... Pulgas que le transmitiesen la peste bubónica.
Sentí un pequeño ruido en la sala. Al regresar descubrí que la Yusi y La Diva habían comenzado la fiesta allí mismo. Se besaban y acariciaban mientras tomaban de las cervezas que habíamos traído del Paraíso.
Miré la hora en mi celular: dos y veinte de la madrugada. Abrí la botella con el ron que nos quedaba y me acomodé en el sofá para observarlas. Era increíble la capacidad de esas dos para hacer de hombre o mujer según lo deseaban: lapas marinas en acción, peces payasos…, o mejor, tordos limpiadores: hembras dóciles que se transformaban en machos agresivos en solo segundos. Me di nuevamente un trago, sin dejar de mirar, hasta que me acerqué y comencé a hacer de las mías. A estudiar los distintos relieves, llanos y montañas. Besar labios y cuellos. La ropa toda se esfumó como por obra divina. La Yusi tenía razón. Mis ojos eran escasos ante la belleza de La Diva. Aquellas nalgas duras y redondas, los senos voluminosos, enloquecían a cualquiera. Pronto nos convertimos en una mezcla de cuerpos que se entregaron desbocados al placer. Así pasamos un buen tiempo, hasta que, resuelto, volví a distanciarme para verlas gozar de su orquesta…
Adjunto
Sin poderlo evitar, me descubro otra vez tocándome, en esta oportunidad, con mayor deseo que antes. Los recuerdos de aquella madrugada me devuelven imágenes de uno de esos films que me mostraban a veces los socios del barrio, donde las actrices no paraban de gemir, lo único que sabían hacer era eso. Uh, yeah, decían. Y arrugaban la boca y arqueaban las cejas, tanto, que en ocasiones llegaban a parecerme artificiosas, un aburrimiento total.
Con La Diva y Mi Yusi no sucedió así. Cierro los ojos y aún las veo. Las acaricio, beso, penetro con fuerza. Y ellas gimen, como todas, igual que las de las películas, pero verdaderamente gozosas y espontáneas. Cierran y abren los ojos, se muerden los labios y el semen caliente entre mis dedos. La viscosidad me inunda el calzoncillo, la entrepierna. Y este de abajo que comienza a roncar. Lo arrullo de nuevo, poco falta para gritarle: Ssshh, cállate, bróder… ¿Chico, tienes que roncar ahora?
Esa noche fue de las más portentosas que he vivido jamás. Mi última experiencia con dos mujeres. En realidad, con mujer alguna. Y el Fuste durmiendo bajo el mismo techo, a solo unos metros… Loca, Mi Yusi. Mira que arrastrarnos hasta allí, toda carcajosa, después de gastarse la fiesta con La Diva, para engancharle al membrudo de corbata su ajustador... Y tomar un creyón de su cartera y pintarle los labios y un lápiz oscuro para resaltarle las cejas, además de dibujar en su calva unos cuernos más grandes que los de un alce irlandés, esos ciervos gigantes, famosos por haber tenido los tarros más exagerados del planeta, que se les ramificaban a ambos lados de la cabeza, como dos manos abiertas pidiendo no sé qué.
Para Yusimí, aquel fue el mejor de los espectáculos. Eso dijo. El que le despertó en extremo las ganas, pues al acercarse y abrazarme envuelta en su mayor desparpajo, me ordenó que la penetrara allí mismo y así lo hice; su palabra era ley dondequiera que nos encontráramos. Mientras una se enredaba conmigo, la otra se masturbaba en la cama, junto a lo que quedaba del Fuste, frente al espejo que nos reflejaba a todos.
Aún lo tengo bien fresco en la memoria. Casi me descuartizan aquella madrugada esas dos. Como al macho de la mantis, ese extraño bicho que a veces es devorado por su hembra durante el acto. ¡Vaya canibalismo sexual! Será porque tiene un solo oído, el muy infeliz, ubicado en el tórax, y no escucha bien lo que la otra dice mientras la monta: si le pide más o exige que se detenga de una vez, antes de que pierda completamente la razón y le vuele encima... Por eso siempre presto total seguimiento a cuanto sale de sus bocas.Adjunto
Casi al amanecer, mi amiga y yo decidimos marcharnos. Lo hicimos separados para evitar ser vistos al salir. Primero yo, calle abajo hasta mi casa. Después ella, calle arriba.
Ya en el baño estudié con cuidado mi rostro ante el espejo. Las mordidas y los aruñazos sobresalían alrededor de la boca, cuello y pecho. Zarpazos de leonas furiosas en trance de apareamiento.
Me sentía aturdido y entré rápido a la bañera. El chorro era frío. Tomé el champú y froté con energía. La espuma corrió por mi cuerpo. Luego desayuné y me fui a la cama. Era domingo y la mañana prometía ser tranquila.
Dormí soberanamente, como oso feliz en su período de hibernación. Sobre las dos y treinta de la tarde, poco después de almorzar y sentarme a disfrutar de un nuevo documental, vino a buscarme Tatico para ir a jugar dominó. El día estaba nublado: Algo feo, le dije, dudoso.
—Tú sabes que nosotros somos la pareja explosiva… Dale, chico… para caerles a esos locos que quieren hacerse los duros —me comentó a través de la persiana.
No pude evitar una sonrisa. Convencido, corrí tras un pulóver.
—¡Uff! ¡Mi hermano!…, pero ¿a ti qué te pasó? —dijo al ver las marcas en mi cara—. Ahora sí te dejó sin sangre la vampira esa con la que andas por ahí —y rió con energía. Lo mismo hicieron muchos cuando me vieron llegar a la mesa de dominó.
—Váyanse al diablo —me defendí entre risas.
Si ustedes supieran en verdad, pensé divertido y tomé la botella. Sin algo para beber el dominó es pura fantasía.
A poco de sentarme y ganar unas partidas, escuché un motor que se nos acercó por mi espalda.
—¿Qué hay, Fuste? —dijeron algunos cuando el ruido cesó.
Volteé la cabeza para verlo y solo alcancé a distinguirlo, en esta ocasión, convertido en una enérgica orca, un oso pardo bien despierto, violento, que me vino encima.
Un fuerte golpe me lanzó sobre la acera e hizo impactar mi cara contra el cemento.
—¡¿Eh, qué es esto?!... ¡¿Qué pasa aquí, caballero?! —se preguntaron algunos.
Una patada en las costillas me dobló.
Varios de los presentes lograron por unos minutos inmovilizarlo, pero en verdad era una columna y daba bastante trabajo.
Fuera de sí, el forzudo comenzó a ofenderme y a decir que lo hecho por la Yusi, La Diva y yo, no se le hace a ningún un hombre… Menos a él…, al Fuste. En su propia casa ¡ridiculizarlo!… que si nosotros nos volvimos creisis o qué… Ya esas tenían su merecido y ahora me tocaba a mí...
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Entre tanto alboroto aproveché que aún lo sostenían y conseguí levantarme. Estaba en verdad rabioso. Las venas del cuello le querían explotar. No paraba de injuriarme. Yo, pasando por idiota, le dije que no sabía de qué hablaba. Fue entonces cuando más se molestó y preguntó en un grito si yo podía entonces explicarle de dónde coño había salido el disfraz que tenía puesto cuando despertó en la mañana, aún con resaca... Y vociferó que él no era ningún comemierda, sabía muy bien de lo que hablaba, porque La Diva se lo había contado todo, desde el principio, además de que un guajiro del barrio que nos vio salir de su casa a las cinco le dio nuestras señas. Y logró librarse de entre tantas manos y venírseme de nuevo encima.
Aún desconozco qué instinto me llevó a tomar la silla de hierro en que me encontraba e irle arriba a aquel úrsido endemoniado, una reacción de defensa que pronto convertí en acción ofensiva. Todo pasó muy rápido. Me sentía fuera de control. En un segundo el fuertón cayó al piso sangrando. Una de las patas se había sembrado en su cabeza, en la sien izquierda.
Después de eso, nunca más volví a ver a Yusimí ni a La Diva. Supe por algunos amigos que han venido a las visitas, que una se fue del pueblo hecha una porquería y la otra apenas sale a la calle, desfiguradas sin remedio como quedaron por los golpes y hasta navajazos en la cara que el Fuste les dio.
Una vez más siento moverse al idiota de abajo. Ya no ronca. Por la ventana entra en ráfagas la luz del patio. Me volteo contra la pared llena de rasponazos, tablas con cruces y ceros, números, letras… Una sirena se escucha a lo lejos. El mundo afuera continúa su rumbo y muchos seguimos aquí, extrañando un cuerpo de mujer, masturbándonos, arrullando a otros que roncan en las madrugadas, alimentándonos cada noche con los recuerdos.
Mejor me duermo. Quizás mañana tenga mayor suerte y pueda disfrutar, aunque sea por un rato, de algún nuevo libro, revista o documental en la TV.