La Biblia es una guía para la moralidad de grupo, completada con instrucciones para el genocidio, para la esclavización de los grupos ajenos y para la dominación del mundo. Pero la Biblia no es mala en virtud de sus objetivos o incluso de su glorificación del asesinato, de la crueldad y de la violación. Muchos trabajos antiguos lo hacen —la Ilíada, las sagas de Islandia, los cuentos de los antiguos sirios y las inscripciones de los mayas, por ejemplo—. Pero nadie vende la Ilíada como una base para la moralidad. Ahí está el problema. La Biblia se vende, y se compra, como guía para indicar a las personas cómo deberían vivir sus vidas. Y es, de lejos, el best-seller mundial de todos los tiempos.
Aquí les dejo unas de las historias de la Biblia que más me gustan.
Dos ángeles masculinos fueron enviados a Sodoma para advertir a Lot que abandonara la ciudad antes de que llegara el fuego del infierno. Hospitalariamente, Lot acogió a los ángeles en su casa, con lo que todos los hombres de Sodoma se acercaron y pidieron a Lot que soltara a los ángeles para que pudieran (¿qué, si no sodomizarlos?): «¿Dónde están los hombres que entraron en tu casa esta noche? Sácanoslos para que los conozcamos» (Génesis 19: 5). Sí, «conocer» tiene el eufemístico significado normal de la Versión Autorizada, cuyo contexto es muy gracioso. La valentía de Lot al rehusar la demanda sugiere que Dios buscaba algo cuando le escogió como el único hombre bueno de Sodoma. Pero la aureola de Lot se ve tamizada por los términos de su rehúse: «Os ruego, hermanos míos, que no cometáis tal maldad. Mirad, tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré fuera y haced con ellas como bien os parezca. Pero no hagáis nada a estos hombres, puesto que se cobijaron a la sombra de mi techo» (Génesis 19: 7-8).
Las dos hijas de Lot hacen una breve reaparición en la historia. Después de que su madre fuera convertida en estatua de sal, vivieron con su padre en una cueva de una montaña. Hambrientas de compañía masculina, decidieron emborrachar a su padre y copular con él. Lot estaba inconsciente cuando su hija mayor llegó a su lecho o cuando lo abandonó, aunque no estaba tan borracho como para no fecundarla. La siguiente noche, las hijas acordaron que era el turno de la hermana menor. De nuevo, Lot estaba demasiado borracho para notarlo y también la fecundó (Génesis 19: 31-36). Si esta disfuncional familia era lo mejor que Sodoma tenía que ofrecer en materia de moral, alguien puede empezar a sentir cierta comprensión hacia Dios y su justiciero castigo de fuego.
La historia de Lot y los sodomitas se repite misteriosamente en el capítulo 19 del Libro de los Jueces, donde un anónimo levita (sacerdote) viajaba con su concubina hacia Guibá. Pasaron la noche en la casa de un hospitalario anciano. Cuando estaban tomando su cena, llegaron los hombres de la ciudad y llamaron a la puerta, requiriendo que el anciano sacara a su invitado masculino «para que podamos conocerle». Con unas palabras casi exactamente iguales a las de Lot, el anciano dijo: «Por favor, hermanos míos, no hagáis tal maldad; puesto que este hombre ha entrado a hospedarse en mi casa, no cometáis tal infamia. Ahí tenéis a mi hija, que es virgen, y a la concubina de mi invitado; os las voy a sacar, para que abuséis de ellas y hagáis con ellas lo que mejor os parezca, pero a este hombre no le hagáis tal infamia» (Jueces 19: 23-24).
De nuevo aparece el espíritu misógino, alto y claro. Encuentro que la frase «para que abuséis de ellas» es particularmente espeluznante. Disfruten humillando y violando a mi hija y a la concubina de este sacerdote, pero muestren el debido respeto a mi huésped que, después de todo, es un varón. A pesar de la similitud entre las dos historias, el desenlace fue menos feliz para la concubina del levita que para las hijas de Lot. El levita la sacó a la muchedumbre, que la violó en grupo toda la noche: «Ellos la conocieron y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana, y por fin la dejaron al despuntar la aurora. Al amanecer, vino la mujer y cayó delante de la casa del hombre donde estaba su señor; allí estuvo hasta que fue de día» (ibídem: 25-26). Por la mañana, el levita encontró a su concubina yaciendo postrada en el umbral y dijo —con lo que hoy veríamos como una dura brusquedad—: «¡Levántate y vamos!». Pero ella no se movió. Estaba muerta. Por lo que «tomó un cuchillo; y asiendo a su concubina, la descuartizó, hueso por hueso, en doce trozos, y los envió a todo el territorio de Israel».